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La oportunidad

LA OPORTUNIDAD Años atrás había un viejo Maestro que vivía a la orilla de un río, límite entre dos pueblos amigos. Aquel Maestro era un filósofo muy querido; admirado y respetad...

LA OPORTUNIDAD

Años atrás había un viejo Maestro que vivía a la orilla de un río, límite entre dos pueblos amigos.

Aquel Maestro era un filósofo muy querido; admirado y respetado, que – como todos los filósofos – pensaba y razonaba distinto a los demás, y tenía respuesta y soluciones para todo y para todos.

Desde ambos pueblos era muy consultado, ya por problemas económicos, ya por problemas de salud; ya por problemas de Estado.

Años atrás las muchachas más lindas de la región se lo habían disputado y él había elegido como esposa a la más linda de todas.

El viejo Maestro acostumbraba a ir a pescar a la orilla de río, siempre a la sombra del mismo árbol.

Todos los días su esposa lo acompañaba y – pese a que no usaba carnada y a que como únicas herramientas de pesca llevaba como caña un "bo" con una cuerda atada en la punta; como anzuelo un simple gancho; y un balde – era él quien más pescaba.

El resto de los pescadores, con algo de envidia y mucho de admiración, no podían creer que ellos – que tenían los mejores y más modernos implementos de pesca de la época, así como las mejores carnadas – no pudieran pescar lo que el Maestro pescaba.

Todos los días volvía el Maestro a su casa, con el balde lleno de pescados que su esposa muy sonriente y orgullosa llevaba.

Los días; las semanas; los meses y los años transcurrían y el Maestro cada vez era más admirado; querido y respetado y – por eso - su esposa cada vez más orgullosa y radiante estaba.

Pero un día estalla la guerra y los generales de ambos pueblos citan al Maestro para decirle que él debía decidir de que lado estaba.

El Maestro no estaba de acuerdo con la guerra y contestó que no podía tomar esa decisión, que él quería a ambos pueblos – y a sus habitantes – por igual.

Pero esta vez sus consejos no sirvieron de nada. Sus explicaciones y respuestas, antes tan escuchadas, fueron en vano. La guerra ya estaba declarada.

Así como en tiempos de paz los filósofos – por pensar distinto que los demás - son tan requeridos, en tiempos de guerra no son queridos por nadie, ya que la filosofía de la guerra es "no puedes pensar distinto que yo, o estás conmigo, o estás en mi contra".

Entonces ambos generales le dieron una semana para que tomara una decisión, de lo contrario sería desterrado.

Muy triste y preocupado el viejo Maestro pasó por su casa a buscar a su esposa para ir al río a pescar y meditar sobre la situación. Pero esta vez los peces no picaron.

Al otro día – y como todos los días – el Maestro, acompañado como siempre de su esposa, volvió al río a pescar. Y los peces tampoco picaron.

Y lo mismo ocurrió al día siguiente y al otro y al otro ... y el plazo para tomar una decisión se acercaba.

El rumor de que si el Maestro no tomaba una decisión iba a ser desterrado corrió rápidamente por ambos pueblos, y - aquellos que antes lo admiraban - ahora se reían de ver que el Maestro iba a pescar con su bo; cuerda; gancho; balde y sin carnada, y lo trataban de loco al ver que ahora los peces no picaban.
Su esposa – con el balde vacío - ya no volvía sonriente a su casa.

Al séptimo día el Maestro tomó su decisión y – antes de ser desterrado por los generales y humillado por el pueblo – dejó su hogar y se fue a vivir muy lejos, como un ermitaño, a lo más alto de la más alta montaña.

Los días pasaban y sólo lo acompañaban su esposa – cada vez menos sonriente – y los animales del lugar.

En el arroyo adonde ahora iban a pescar tampoco los peces picaban, los animales del lugar le gruñían y su esposa lo regañaba. Todos los días le decía que estaba loco; que no podían seguir viviendo así y que debían elegir uno de los bandos y unirse a él.

Pero el viejo Maestro una y otra vez se negaba.

Extrañando aquel río y la sombra de aquel árbol, el Maestro y su esposa caminaron muchos kilómetros hacia allá, para ver si tenían mejor suerte en la pesca. Pero la suerte ni siquiera se les acercaba. Y los días pasaban y pasaban.

Un día – temprano en la mañana – la esposa le dijo que no lo iba a acompañar a pescar, que a ella caminar tantos kilómetros en vano la cansaban.

Cabizbajo – pero sin darse por vencido - el Maestro volvió a aquel, su río; a aquella sombra de aquel, su árbol; y a aquel su primer hogar. Y tampoco esta vez los peces picaron.

Cuando a la noche llegó a su casa en la montaña, encontró una carta donde su esposa le escribía que lo había abandonado.

Más triste y sólo que nunca, el viejo Maestro recordó alguna lágrima.

Con los días supo que su esposa no sólo había elegido, sino que además se había ido a vivir con el general del bando que iba ganando la guerra.

Y el tiempo pasó... pasó... pasó...

... hasta que la guerra terminó. Aquel general con el que su esposa se había ido, había triunfado.

Aunque por derecho de conquista los dos pueblos se habían convertido en uno sólo, los habitantes estaban más divididos que nunca.

La guerra había dejado su huella, resentimientos; miseria; hambre; muertos; heridos; rencores y desgracias.

Con el correr de los días el descontento era cada vez más grande, la economía iba de mal en peor, las enfermedades se sumaban, y los militares – que eran quienes ahora gobernaban – no encontraban solución.

Y tuvieron que reconocer que - así como en tiempos de guerra son absolutamente imprescindibles – para gobernar en tiempos de paz sirven de muy poco, o nada.

Entonces se acordaron de aquel viejo Maestro; aquel que tenía soluciones para todo; aquel al que todos consultaban.

Y lo fueron a buscar.

Un emisario llegó a la nueva casa del Maestro – en la montaña - y le rogó que volviera, explicándole que más que nunca lo necesitaban.

No puedo darle la espalda a mi pueblo, contestó el Maestro, véngame a buscar mañana.

Déjeme llevar ahora sus cosas Maestro, dijo el emisario. Y el bo; la cuerda; el gancho y el balde bajaron la montaña..

Al otro día el mejor carruaje – con los mejores caballos – y las personas más distinguidas del pueblo, estaban en su casa de la montaña. Y emprendieron el regreso.

Al llegar a la entrada del pueblo, una roja y ancha alfombra lo esperaba. Aquella alfombra terminaba en la puerta de su vieja casa, y al pie de la misma su linda esposa - muy bien vestida; muy bien acicalada; muy bien maquillada - lo aguardaba. Al lado de la puerta, el bo; la cuerda; el gancho y el balde reposaban.

Bajó el Maestro del carruaje y se apresuró su esposa a acercarse y pedirle perdón.

Y le dijo que todavía lo amaba.

Que estaba arrepentida; que otra oportunidad le rogaba, y que cualquier cosa estaba dispuesta a hacer si a su lado de nuevo la aceptaba.

Que siempre lo había estado esperando, y que aún hoy – junto con el bo; la cuerda; el gancho y el balde - lo esperaba.

Sigues siendo mi esposa y también parte de mi pueblo – contestó el Maestro – y por eso no puedo darte la espalda. Tan sólo te voy a pedir una cosa...

...Te acuerdas de aquel lugar donde a la sombra de aquel árbol pescábamos...

...Quiero que tomes nuestro balde, que vayas a aquel mismo lugar y lo llenes totalmente de agua. Luego deberás traerlo aquí.

¿Nada más que eso?, preguntó la esposa.

¡Nada más que eso!, respondió el Maestro.

Muy contenta por lo fácil que le estaba resultando volver junto a su esposo, la hermosa joven – otra vez sonriente y orgullosa – tomó el balde y se fue al río.

Cuando estuvo de nuevo frente al Maestro – que en la puerta la esperaba - dejando el balde a sus pies, intentó entrar en la casa.

Aún falta una cosa..., dijo el Maestro impidiéndole la entrada.

...Arroja el agua en el suelo.

Así lo hizo la joven y ambos se quedaron mirando como barro se formaba.

¿Puedo entrar ahora; podemos rehacer nuestra vida juntos, preguntó la esposa?

Cuando puedas volver a juntar esta misma agua - que a mis pies tiraste - en este mismo balde, podrás volver a mi lado y ésta será otra vez tu – y nuestra – casa.

FERNANDO PRIETO
6to. DAN KENSHIN RYU = TOKU IN KAN